• Miguel Ángel Barroso

Andrei Tarkovski: El poeta errante

No hay duda a estas alturas de la historia del cine; del Arte del cine, naturalmente, que Andréi Arsénievich Tarkovski, es uno de sus hijos más grandes, uno de esos cineastas dotados con la gracia del talento, ese don que muchos artistas dotados de él, desperdician por razones industriales y que muy pocos son capaces de llevar hasta su más últimas consecuencias.

Es muy difícil hablar de un cineasta como Tarkovski de un modo, digámoslo así, “convencional” para hacer un artículo, puesto que su personalidad totalmente fundida con su obra de cine, no admite clichés, ni análisis banales sobre una cierta técnica, unos ciertos movimientos de cámara, una cierta narrativa, o un cierto tratamiento de la fotografía. Pero a la vez, resulta muy fácil entablar conversación con él, a través de un artículo, cuando se sabe que decirle, que confesarle, que entregarle.


Entrega, esa es la palabra mágica que defendió Tarkovski toda su vida: entrega y consecuencia, ya que no es posible según él, que un artista viva su vida de una manera y después haga cine de otra. Eso es una contradicción insalvable para un artista, es una negación del arte mismo.



Fuente: www.ukpicturesent.com

Nace en la extinta URSS el 4 de abril de 1932, y vive en su juventud la convulsa situación de la “guerra fría” entre el bloque comunista y capitalista. Muy pronto el joven idealista, hijo de poeta renombrado y poeta asimismo con aspiraciones de escritor, choca contra la férrea dictadura estalinista impuesta a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, que no permite a sus ciudadanos dudar de la ideología que el poder ha instalado brutalmente para llevar a cabo la salvaje industrialización del imperio soviético. Y el mayor peligro, sin duda, estaba del lado de los artistas, ya que ellos podían fácilmente representar la conciencia de la gente, sus ideales, sus dudas respecto a la vida y, naturalmente, la política.

Tras pasar un año en Siberia, enrolado en una expedición encargada de buscar oro y hierro, y sufrir las inclemencias del tiempo y la dureza de la vida salvaje a través de hombres y mujeres que vivían con resignación una vida de sacrificios, decide abandonar sus estudios y convertirse en director de cine. Y esta decisión es inamovible: había encontrado su verdadera vocación para expresarse.


Andrei Tarkovsky. (Credit: File photo). Fuente: deccanherald.com

Después de realizar dos cortometrajes, se graduó con el mediometraje Katok i skripka (Violin and roller) en 1961.

Hay una anécdota que cuenta que al poco de ingresar en la escuela de cine, una noche junto a varios de sus compañeros, decidieron organizar una sesión de espiritismo e invocar al poeta y escritor Boris Pasternak, a quien el joven Andréi admiraba con emoción. Una de las preguntas que le hizo el joven cineasta fue: -¿Cuántas películas rodaré? Y el escritor respondió: -Siete. -¿Sólo siete?-Replicó Tarkovski. –Sí, pero todas serán buenas. En 1986, en un hospital de París, a la edad de 54 años, moría en el exilio, repudiado por su país, Andrei Tarkovski, dejando finalizada casi en el lecho de muerte la que sería su séptima película.

Su opera prima: Ivanovo detstvo (Ivan’s childhood, 1962, surge casi como un encargo, ya que han despedido al director y deciden rodar de nuevo la película, aunque con la mitad de presupuesto. El director de fotografía: Vadim Yussof (habitual colaborador en los films de Tarkovski) le solicita para hacerse cargo de la nueva dirección. Tarkovski aceptó el reto y consiguió una película bélica intimista, muy alejada del sabor patriótico y de exaltación militar con que estaba concebido el proyecto. Tal fue el entusiasmo que despertó en el extranjero, que recibió el León de Oro de Venecia, galardón que se otorgaba por primera vez a un cineasta ruso. Sin embargo, las autoridades rusas vieron con recelo la película y la tacharon de: Un canto al individualismo y al ensueño burgués. La suerte del nuevo director estaba echada y seguiría su destino inexorablemente.

De este modo, cuatro años después y tras habérsele negado el dinero para dos proyectos muy personales, consigue filmar su película más épica: Andrei Rublev, 1966, un extraordinario fresco ambientado en la Rusia del siglo XV, que molesta profundamente al gobierno de la URSS, prohibiendo su exhibición en el país durante más de cinco años, y boicoteando su presencia en el Festival de Cine de Cannes. Acusaron a la película de ser violenta, de estar llena de imprecisiones históricas y, sobre todo, de aludir a cuestiones religiosas impropias del estado soviético. Andrei Tarkovski es etiquetado desde ese momento como un director Non Grato y es vigilado constantemente.

Seis años después y tras participar de modo no acreditado en varias películas, se le impone (a modo de una nueva oportunidad) la dirección de Solyaris (Solaris), que el gobierno soviético quería lanzar al mercado como la respuesta al film norteamericano de Stanley Kubrick: 2001: a space odyssey, 1968. A pesar de que es el film del cual se siente menos orgulloso Tarkovski, no por ello es una obra menor en su breve y rica filmografía, ya que el resultado final es una fascinante historia sobre el alma del ser humano ambientada en un futuro espacial carente de efectos propios del género de la ciencia-ficción que no le interesaban nada al director. Quizás es el inicio de su gran cine metafísico que explora incansable el alma humana para transmitir en el espectador no ideas, sino emociones. A Tarkovski no le interesan las ideologías ni los símbolos, sino la reflexión que el arte del cine puede sugerir en el espectador. Su cámara ya empieza a moverse con sutileza extrema buscando un minimalismo único que irá desarrollando con autentico mimo en cada nueva obra.

Solaris sufre nada menos que 35 advertencias por parte del comité censor; y entre ellas, una que repudia el concepto, por parte de Tarkovski, de asociar a Dios con el océano. Esto es sencillamente inaceptable y gratuito para la censura estatal.

Es casi un milagro que tras este “desafio” a las autoridades rusas, pueda acometer una película más; pero tras muchos esfuerzos y sacrificios, consigue rodar, la que probablemente es su primera obra absoluta: Zerkalo (The mirror, 1975), basada en su propia vida y en sus experiencias sentimentales. La película está producida con escaso presupuesto y es clasificada como película de tercera categoría y destinada a exhibirse en salas pequeñas y de poca afluencia de público.

Había empezado la verdadera persecución del artista. Y el final de esta relación envenenada finaliza con su siguiente film: Stalker, 1979. Obra magna que es casi un milagro de la tenacidad del artista, ya que sufrió un duro revés cuando todo el negativo de gran parte del film, se arruinó en el laboratorio. Una vez finalizada, los responsables de su distribución la calificaron de “basura” filosófica que no podría interesar a nadie.

Andrei Tarkovski no puede más (las autoridades le cambiaban los guiones y repudiaban su estilo) y sale precipitadamente de la URSS hacia Italia, dispuesto a buscar la libertad que no le conceden en su país natal. Pero en Europa, los productores sólo están interesados en los rendimientos de taquilla y no acogen al cineasta con los brazos abiertos. Según contaba su hermana, los productores no entendían que el cine de Andrei no era para todos los públicos.


Pero, afortunadamente, cuatro años después consigue financiación para dirigir Nostalghia, una obra maestra absoluta, que él mismo cineasta consideraba su mejor película. El film rodado en la Toscana, elude los magníficos paisajes italianos, para centrarse en ambientes neblinosos y oscuros donde reina la tristeza y la añoranza de la patria perdida. Podríamos decir que entronca directamente con Zerkalo (The mirror), con la diferencia de que ahora no se habla de los recuerdos de la niñez y la juventud como reflexión del pasado, sino del dolor lacerante que dejan esas memorias vividas y perdidas definitivamente en el exilio. El cineasta sabe que nunca volverá a su país y decide hacer una rueda de prensa en Milán, donde hace una declaración pública sobre sus intenciones futuras. Los agentes secretos rusos le siguen de cerca y obligan al cineasta a huir a Suecia donde culmina su carrera con Offret (Sacrifice, 1986), broche de oro a una de las carreras artísticas más ricas y dolorosas de la historia del cine. La película tiene un presupuesto muy reducido, pero es suficiente para que la estética del cineasta pueda desarrollarse satisfactoriamente y transmitir al espectador esas emociones vibrantes que sus historias dibujaban con pasión y minuciosidad de artesano feliz en su trabajo altruista de regalar arte a los demás sin recibir nada a cambio. Al fin y al cabo, esa es la labor del verdadero artista, decía siempre.

Sacrifice, al igual que Nostalghia, también nos cuenta la historia de un hombre que se sacrifica por los demás para salvar a la humanidad y así redimirla del pecado. Y el pecado del mundo es la falta de fe, que nos conduce a la incomunicación y a la indiferencia más absoluta.


El trabajo de cámara vuelve a ser espectacular en su voluntad de envolver a sus personajes y acompañarlos en silencio y con gran respeto. Es sublime el dominio que hace de las perspectivas, ayudado por el travelling lateral (prodigiosa secuencia final sin cortes en Nostalghia, de nueve minutos de duración en los que el protagonista recorre una piscina sin agua de un extremo al otro con una vela encendida que no puede apagarse, porque de ello depende su sacrificio para salvar al mundo).

El cine de Tarkoski capta la vida en un mordisco con sangre, que el cineasta busca tan intensamente que sólo le puede producir dolor intenso, pero a la vez liberador.

En esta última etapa de su filmografía, el cineasta no busca ya la religión, sino la espiritualidad, porque está desterrado y su desesperación no tiene límites. Lo que antes le hacía feliz: la contemplación del Arte, ahora lo rechaza con furia y violencia porque le ataca y le devora el corazón.

¿Negación de la belleza? No, tan solo preservación de ella para buscar tiempos mejores en los que vivir.

Pero su vida se acabó al poco de finalizar Sacrifice (el montaje del film lo hizo en la cama de un hospital en París), debido a un cáncer de pulmón.

Otro de los aspectos importantes de su cine, es el tratamiento del sonido; y es que Tarkovski es uno de esos contados directores que han entendido que el sonido es parte esencial, al igual que la luz y los movimientos de cámara, de la película como tal. Su concepto del sonido tendía a la abstracción muchas veces, pero siempre era natural y consecuente con el desarrollo anímico de sus personajes. Nadie que haya visto su cine puede olvidar el rumor del agua, el goteo del agua, el eco del agua. El agua, siempre presente en todas sus películas como elemento de pureza absoluta, de limpieza del alma, transgresión de los afectos y toma de decisiones vitales para obrar en consecuencia. La lluvia aparece como un fantasma, de improviso, a veces con fuerza y otras casi imperceptible, pero esa lluvia pocas veces moja a sus personajes, estos parece danzar alrededor de ella con seguridad, con confianza; es como si la humedad del agua los protegiera y los mantuviera en el calor del hogar. Muchas veces sus personajes se tumban en el suelo y a su alrededor están los charcos del agua, incluso los animales lo hacen: caballos y perros.

Andrei Tarkovski nunca murió porque su obra vive.

Y esa capacidad de vivir más allá de la muerte, sólo la poseen unos pocos escogidos por el Arte.