• Sandro H. Ortiz

Quimera

Llevo conmigo todos aquellos poemas

que nunca encontrarán deleite en tu ser.

Inmortales.

Escondidos detrás del clamor de una canción incierta,

trascienden cual placer onírico

recordándome al poeta taciturno,

cuya sangre se convierte en tinta derramada

sobre sus versos heridos de muerte.

Castigo sublime es contemplarte hermosa.

Sencilla, atolondrada y tardía.

Delirio divino es perderme en el ocaso del amor que nunca te prometí,

mientras deambulan mis sentimientos

entre la candidez de tu alma,

el hipnotismo de tu mirada

y la marea indómita que es el vaivén de tus caderas.


¿También recuerdas todos aquellos sitios en los que nunca estuvimos?


Mujer de corazón noble.

Ojalá que nuestras almas se vuelvan a encontrar.

En medio de la noche,

disfrazadas de recuerdo.

Inundándome los rincones solitarios,

ínfimos y crónicos,

que arrastro de otra vida.


Yo te juro que voy a purgar esta melancolía

a punta de sueños que no recordaré por la mañana.

Mientras la ignorancia de tu olvido me invita a pensar

que tú y yo somos el más dulce cantar de los cantares

que ningún rey Salomón cantará jamás.